My Blueberry Nights: sanando nuestras propias heridas



Película en la Luna: My Blueberry Nights 


Dirigida y escrita por Wong Kar Wai y protagonizada por Norah Jones, Jude Law, Rachel Weisz, David Strathain y Natalie Portman. Del año 2007, pero hasta el 2019 es que logré llegar a ella y descubrir su magia. 


Wong Kar Wai es uno de mis directores favoritos y con My Blueberry Nights lo terminé de confirmar, todo lo que he visto de él, hasta ahora, ha sido lo que para mí debería ser el cine: contar historias en imágenes, mientras se establece una conexión con el espectador y se hace catarsis con el alma. Esto es lo que siempre me pasa con él, quedo inmersa en su cinematografía, en dónde todos los elementos se fusionan a la perfección regalándonos un viaje a nuestro inconscientes y tocando lo más profundo de nuestras fibras. Sus películas se caracterizan por contar los diferentes puntos de vista del amor, desde el amor prohibido, el amor inocente, el amor fuera de tiempo, el desamor y el volver al amor, este último punto como el tema conductor de My Blueberry Nights. 


My Blueberry Nights comienza con una chica, Elizabeth (Norah Jones), que llega a una especie de café y conoce a un chico, Jeremy (Jude Law), que trabaja en el café. Ella se entera de que su novio le es infiel y desde ese momento, ambos se dan cobijo psíquico hasta que un día, Elizabeth decide emprender un viaje para conseguir respuestas. En el film obersevamos como se consteliza el arquetipo de Quirón (el curador herido), los personajes curan a los otros desde sus mismas heridas porque es la única forma de entender el sentimiento, estar o haber estado en el mismo lugar. Al amor no podemos darle forma, es una emoción y darle un significado a la emoción, me parece una tarea bastante titánica. La única forma de lidiar con él es sentirlo, mientras más reneguemos de él, más nos destruirá porque la emoción forma parte de nosotros. 


El tema a relucir en My Blueberry Nights podría decir que, para mí, es enfrentar el desamor. Como dice Elizabeth, “Cómo le dices adiós a alguien con el que te imaginaste que no podrías vivir sin”. Cada historia nos muestra un punto de vista sobre este tema. Están los que esperan que las cosas pase, con un hilo de esperanza de que tal vez, algunas promesas sean cumplidas, esperar para poder cerrar ciclos y seguir. Están los que se encuentran en negación, les cuesta aceptarlo y prefieren evadirlo al mismo tiempo que se están condenando. Están los que no se dan cuenta de lo que sienten, hasta que lo pierden y esa contradicción crece en ellos cargándolos de culpa y dolor llevándolos a redimirse. Están los que deciden huir para conseguir respuestas, viviendo nuevas experiencias que sumen hasta que cubran al sentimiento, y en esa misma retroalimentación de experiencias la psique va haciendo el trabajo. La película cierra con un diálogo lapidario: “A veces, dependemos de las personas como un espejo para definirnos y decirnos quienes somos. Y cada reflejo, me convierte en mí misma cada vez más”. Al final, el otro siempre va  a servir de reflejo de nuestra relación con nosotros mismos, siempre proyectamos en  él nuestras vivencias y percepción de ver la vida, el colocar afuera lo que sentimos nos hace dialogar con nuestro inconsciente, por eso, volviendo al punto de Quirón, curamos al otro a través de nuestras heridas y en ese diálogo nosotros también nos vamos sanando. 


My Blueberry Nights nos muestra diferentes puntos de vista de vivir el desamor, unos pocos de las infinitas posibilidades que existen. Cada persona tiene su manera de vivir los procesos, para algunos se viven rápido, para otros llevan tiempo. No podemos compararnos con el proceso de los demás, en la psique no existe el tiempo y cada experiencia nos mostrará el diálogo que estamos teniendo con nosotros mismos. El amor es un sentimiento transformador, y como toda transformación se necesita de una muerte para renacer (y no necesariamente el cierre de una relación), pero hay cosas que necesitamos cambiar de nosotros mismos para poder llegar a ser quien realmente somos. Muchos le pueden tener miedo al amor porque puede ser doloroso lidiar con el sufrimiento o tal vez, llegar a sentir demasiado porque la emoción puede ser abrumante, pero forma parte de nosotros, no podemos renegarla. En la medida que nos permitimos sentir, nos estamos regalando ese amor que tanto solemos buscar. La vida no son solo las buenas experiencias, las malas forman parte de nosotros y son las que nos van a obligar a conocernos más porque solo con lo etéreo (emoción), podemos llegar a nuestros inconsciente (que tampoco tiene forma) y traer a la luz elementos de nosotros que desconocíamos. No tengamos miedo a amar, por amor ocurren las cosas más bellas del mundo, permitámonos vivir los procesos, vamos a darnos esa mayor muestra de amor que es llegar a conocernos realmente. 


Más allá del contenido psíquico de la historia, lo que la hace realmente especial es el manejo de su cinematografía, todos los departamentos se fusionan entre sí regalándonos una experiencia sensorial gratificante. La sutileza que caracteriza a este gran director se encuentra presente. Aunque haya cambiado el ambiente que desenvuelve su filmes, es su primera película de apuesta en Hollywood y rodada en inglés, se traslada de Hong Kong a Nueva York y a pesar de ser un extranjero del sitio, logra transmitir a la perfección la esencia cinematográfica de la ciudad, sin dejar a un lado su impronta. En esta película la iluminación y puesta  de cámara son los protagonistas. Planos arriesgados que recrean la intención que quiere transmitir la escena, con un juego de luces alucinantes dando como resultado, una experiencia visual satisfactoria. 


La sinergía que ocurre entre la Dirección de Fotografía, Darius Khondji (Midnight in Paris, Seven), y el Diseño de Producción, William Chang (2046, In the Mood for Love, Happy Together, Chunking Express), para lograr una puesta en escena hermosa y además, transmitir el sentimiento que enmarca cada situación es algo alucinante. Cada historia representa una temperatura de color: la primera parte es fría, los colores azules se hacen presente resaltando el factor tristeza que envuelve a los personajes y, a su vez, separa la conexión de ellos dos que, por el momento, se encuentra difusa; la segunda historia está marcada por colores cálidos y rojizos emulando el fuerte contenido emocional, pasional y destructivo que representa el momento; la tercera historia con colores saturados y hasta una iluminación quemada separando la realidad, para demostrar de forma visual el elemento engaño y autoengaño que conduce la historia; terminando con una iluminación natural, colores neutrales como el nacimiento de algo nuevo y la oportunidad de volver a sentir. 


Y como le comenté anteriormente, esta película es todo un viaje sensorial, no puedo dejar a un lado el increíble trabajo que logró Ry Cooder con la musicalización del filme. Cada canción logra acoplarse a la escena y se vuelve parte del diálogo que ocurre en el momento, elevando el sentimiento con Blues, Jazz, Soul, géneros que llegan al alma como lo logra My Blueberry Nights con cada canción, escena, diálogo, plano, actuación y emoción. 


Esta película está conformada por un elenco de primera y cada actuación logra su cometido, los pocos momentos que tienen cada uno de los actores logran robarse el show, su caracterización es de admirar, logrando transmitir en cada uno de nosotros una conexión con los mismos, comprendiendo cada punto de vista y sanando nuestras propias heridas, a la vez que vemos sanar la de ellos. Hasta el debut actoral en pantalla grande de Norah Jones que realmente es cantante (y conforma parte del soundtrack), está impecable, Wong Kar Wai logra guiarla para mostrarnos esa inocencia primigenia que caracteriza a su personaje. 


Si no la han visto, con los ojos cerrados les recomiendo My Blueberry Nights, disfrutarán de una experiencia cinematográfica completa. Es de esa películas que te reconcilian con la vida y te hacen amar la magia del séptimo arte.

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